Tampoco protestabas cuando, en los meses siguientes, encontré un corazón que me daba lo que tú no podías, pero si regresaba con lágrimas en los ojos, siempre sabías cuándo debías quedarte y cuándo dejarme sola. Más adelante, cuando dejé de engañarme y supe que no me servía otro corazón que no fuese el tuyo y volví a mirarte a los ojos, comprendí que había tomado la decisión correcta acabando con algo en lo que nunca había creído. Desde entonces, no me he arrepentido ni una sola vez de desviarme del camino para reencontrate.